lunes, 2 de febrero de 2009

La Tragedia de Ranquil. Seguimiento Judicial


Por una primera sentencia de 22 de noviembre de 1934 se sobreseyó definitivamente con respecto al delito de maltrato de obra en la persona de los carabineros José Reyes Lira y Luis Maldonado, y por una segunda de 25 de enero de 1935 se mandó sobreseer temporalmente en relación con la mayor parte de los reos.

La última sentencia, de 5 de marzo de 1935, teniendo en cuenta que había quedado ejecutoriados los sobreseimientos mencionados anteriormente, dejaba constancia que ella sólo debía comprender la existencia y señalar los responsables de los delitos de robo con violencia en las personas y pulperías de Huan Zolezzi y José Frau, homicidio de Rafael Bascuñán, y robos en el fundo Cotraco y pulpería de Bruno Ackermann, condenó como responsables de ellos a Onofre Ortiz Salgado, Juan Orellana Barrera, Florentino Pino Valdebenito, Juan Bautista Valenzuela Sagredo, Juan Pablo Ortiz Escobar e Ismael Cartes Jara a diversas penas, que iban desde la de diez años de presidio mayor para el primero y de cinco años y un día de presidio mayor para el último.

La Corte de Apelaciones de Temuco, por sentencia de 23 de marzo de 1935, pasó una esponja por el asunto y declaró que los reos quedaban absueltos de la acusación en virtud de haber sido favorecidos por la ley de amnistía 5483, de 13 de septiembre de 1934".

A continuación reproducimos una página tomada de la novela "Ránquil" de Reinaldo Lomboy escrita en 1941, basada en los hechos relatados más arriba en la que se cuenta el traslado de dos de aquellos más de cuatrocientos prisioneros que nunca llegaron a Temuco:

"Los llevaron amarrados al pegual de los caballos. Amarrados al pegual de sus caballos, dieron látigo a los cautivos para avivar su marcha. Amarrados como bestias al pegual de los caballos, los hombres eran carne para el látigo. El perplejo asombro de lo imposible de su cautiverio les sellaba las maldiciones en los labios.

El Ránquil se les vino de súbito con el lomo hinchado por el cauce pedregoso. Arrastrados por los caballos cruzaron el río: el frío del agua los cubrió más que las matas, hasta los hombros: Las ojotas tenían deslizamiento de jabón sobre las piedras, arrastrando las piedras en resbalones que daban con ellos de espaldas en el agua, inundándose los estómagos en náuseas menos amargas que el desconsuelo de hallarse rendidos.

Al pegual de los caballos hasta Troyo, cruzando de nuevo el río; pero ahora los prisioneros maniatados iban al anca para que no muriesen ahogados, porque aún no era llegada la hora de su muerte.

En la orilla, un verde dijo a Robledo:

Desmóntese, compañero - sarcástico. Y de un culatazo lo echó caballo abajo, amarrado de las manos como estaba. Robledo se mordió las manos en impotente furia. Vociferó:

Cebensé, perros, cebensé en esta carne, que así amarrada no más pueden golpear.

En su carne y en la de su compañero se estuvieron cebando mientras los interrogaban. Después, por la abrupta orilla del río que abajo en el barranco se ahocina cadoso, los echaron a andar. Iban con los ojos túmidos hasta la ceguera y con la cabeza llena de burujones a fuerza de golpes. Hechos una sola llaga, apenas con voz en el misericorde torpor de los sentidos, muriendo ya, caminaron a traspiés un breve trecho.

¡La pagarán, carajo! ¡Viva la revolución campesina!

Tras el estampido de varias detonaciones, los dos hombres se tambalearon, hicieron una grotesca pirueta en el vacío. Abajo se abrió el agua en vorágine de espumas. Y siguió el río su curso, lento, poderoso y sonoro".

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